
"Saigón...".
Cosas del azar, mi habitación tiene un ventilador en el techo que recuerda a las aspas de un helicóptero, un espejo de cuerpo entero y una mesilla que ya he cubierto de papeles y libros. Sólo faltan la misión y una botella de whisky medio vacía.
En Saigón (Ciudad Ho Chi Minh según la burocracia) terminó mi semana de exploración por los principales escenarios de la "guerra americana", como dicen los vietnamitas. Me instalé en Hué y desde allí recorrí la provincia de Quang Tri buscando la Ruta de Ho Chi Minh y los viejos enclaves norteamericanos hechos pedazos por los cañones del general Giap. Quang Tri fue la región más castigada por estar entre los dos Vietnam; es allí donde el secretario McNamara ordenó sembrar miles de minas que todavía hoy matan a varias personas al año, la mayoría niños que descubren los artefactos y los utilizan como juguetes.
Por suerte para los interesados, la zona no es muy visitada. Vietnamitas tristes recorrían la base de Khe Sanh ("el infierno de Khe Sanh") ofreciendo casquillos oxidados, medallas comunistas y placas identificativas. Las nubes ocultaban el sol y el viento agitaba la vegetación como si se anticipase una emboscada. Pero apenas quedan árboles en Quang Tri; la mayoría fueron calcinados por las 6,6 toneladas de explosivos que los invasores derramaron por cada habitante de la provincia.
Ya en el sur, los túneles de Cu Chi, pese a la marea de turistas, ilustran la astucia del guerrillero campesino, obligado a arrastrarse por corredores de su propio tamaño y a salir cada diez o doce horas para no caer inconsciente por la falta de aire. Utilizaban búnkers rudimentarios para fabricar todo tipo de trampas artesanales hechas con bambú quemado y hierros oxidados que luego ocultaban por toda la jungla. Sabían cuándo cocinar para que el enemigo no detectase el humo, dónde ocultar los arsenales y cómo vivir en la plena autosuficiencia.
El "Museo de los Restos de la Guerra", en Saigón, posee cientos de fotografías sobre las atrocidades cometidas por Estados Unidos, que muestran a chavales de veinte años posando junto a calaveras elevadas en palos, a un soldado sosteniendo medio vietnamita hecho girones por una granada, campesinos apaleados, hileras de cadáveres, bosques arrasados por el napalm y un largo muestrario de los efectos de la guerra química, con niños completamente deformados y familias destrozadas por la psicosis.

(En la foto: víctimas del agente naranja trabajando en un taller de manualidades levantado por el Gobierno a las afueras de Saigón).
"El horror, el horror...".
Luego hay una sección para los que decidieron aquello: aparece Nixon visitando Vietnam en los años cincuenta (como VP de Eisenhower), Johnson declarando la guerra y el pelo ultra-engominado de McNamara en una sala llena de mapas y chinchetas.
(Naturalmente, se echa de menos la imparcialidad. Nadie duda de quién es el agresor y quién el agredido, pero no hay, por ejemplo, ninguna referencia al tratamiento de los prisioneros hechos por Vietnam del Norte, amontonados muchas veces en cárceles hechas en el agua. Es más: la antigua prisión de Hanoi tiene una sala dedicada a lo bien que supuestamente vivían los estadounidenses entre rejas, cortando el pavo por navidad en una mesa con flores y cubertería, recibiendo cartas de sus familiares, siendo auscultados por un sonriente doctor o tomando té con periodistas. Tienen expuesto el presunto uniforme de John McCain, por cierto).
Las cifras abruman: cuatro millones de vietnamitas muertos y cincuenta y seis mil estadounidenses, tres millones de afectados por el agente naranja (que envenena para tres generaciones), dos millones de toneladas de bombas lanzadas (más que las vertidas en toda la segunda guerra mundial)... Un apocalipsis humano, material y ecológico.
Pero de toda esa barbarie podemos extraer dos cosas positivas: una es el buen cine, y la otra el periodismo competente y sin barreras. La guerra de Vietnam o guerra americana es fotogénica (si se me permite la expresión): en ella hay colinas arboladas, ríos espesos y prados donde se posan decenas de helicópteros; muestran a criminales sonriendo frente a montones de cadáveres, a muchachos imberbes llorando a escondidas, a campesinos protegiendo a sus hijos y filas de explosiones en poblados y campos de arroz. Es además una guerra llena de mitología por el rock, el cine y el poderoso movimiento pacifista... Y fue el periodismo quien lo hizo posible con la narración de "el horror" en primera persona.
Poco después los políticos aprendieron la lección y tomaron medidas. Los ingleses aplicaron el "pool" en la guerra de las Malvinas, que consistía en obligar a los periodistas a firmar un contrato donde se comprometían a no informar sin autorización sobre muertes aliadas, entre otras cláusulas; y el tradicional "embedded" o "empotrado"que se utiliza en Iraq y Afganistán: tan sencillo como integrar al periodista en el pelotón como un soldado más.
Entre tanta seriedad, tuve el inmenso privilegio de reencontrarme con Juan y Fabricio en mi primera, y su última, noche de Saigón. Intuí que podrían andar deambulando por Pham Ngu Lao antes de viajar a Camboya, y salí a husmear. Los encontré en una tasca donde servían garrafas de cerveza por cuarenta céntimos de euro. Los callejones de la ciudad, profundos y enrevesados, evocaban el declive de la presencia estadounidense, el fantasma de soldados deprimidos dando bandazos por los prostíbulos en muletas o con la cabeza vendada. Parecía que en cualquier momento me toparía con Robert De Niro y Christopher Walken jugando a la ruleta rusa.


