lunes, 17 de mayo de 2010

Capítulo XXI: La tristeza de Lituania



Lituania está triste: ¿cómo se explican los suicidios?
Foto: ©estherase /Flickr
El río Neris parte Vilna por la mitad: al norte, la universidad, el estadio y las terrazas con vistas; al sur, el corazón de la capital, adoquinado, colorido, impecable. Pero de uno de los puentes cuelga un cartel inquietante: "Hay gente a la que le importas. Línea gratuita de apoyo emocional", y un número de teléfono.


Leer el artículo completo: Lituania está triste, ¿cómo se explican los suicidios? en cafebabel.com:

lunes, 3 de mayo de 2010

Capítulo XX: El ataque de Motherfucker (II)

Es la segunda relación que mantengo con un volcán en los últimos meses. Ya lo decía en el capítulo XVI: "Es enorme, amplísimo y rugoso; sabes que tiene potencial, que un siglo de estos puede pegar un petardazo como su primo el Krakatoa y matar a miles de personas con lava, Tsunamis y terremotos. Es sereno pero peligroso; tiene carisma de volcán".

Por suerte no ha sido un petardazo, sino sólo un despertar, una vuelta remolona en la cama. Pero ha bastado para paralizar un continente (¿cuántas veces habremos oído esta frase en los últimos días?; todos los medios regodeándose y haciendo metáforas de hoteles llenos, precios exorbitados y pérdidas millonarias; lo que dijo Trotsky sobre el capitalismo vale para la televisión: "Cuanto peor, mejor"). A mí no me molestó tanto; trabajo en casa, así que no tengo que fichar ni dar demasiadas explicaciones. Es más: casi me alegro de haber vivido un par de anécdotas. Motherfucker.

Al final me colé en el bus a París y me senté al fondo, calladito, expectante. La gente subía con cara de estrés y esparcía sus bultos por todas partes, resoplando. Cada uno tenía una historia referente a Motherfucker, una historia de frustración y tiempo y dinero perdidos.

Como dije, tenía miedo de oler mal porque ya era el tercer día sin ducha ni muda metido en transportes llenos. Aplicaba mi nariz disimuladamente bajo los brazos. Nada. Quizás ya estoy acostumbrado, pensé.

Entonces apareció un francés envuelto en una burbuja de sudor concentrado y rancio y se sentó justo detrás. Apestaba, apestaba de verdad. Cada vez que se movía para quitarse el abrigo o coger algo, esparcía ondas de sobaco por el aire y la gente giraba la cabeza. Dos inglesas repipis lo comentaron por lo bajo. Mientras, yo seguía contando los asientos que todavía quedaban vacíos. Imaginaba esta escena: señora torpe buscando sitio diez minutos, sin suerte; conductor barrigudo leyendo mi nombre con acento alemán; yo tirado en Berlín por tiempo indefinido.


Pero ocurrió el milagro: alguien canceló su viaje y pude ir a París. 15 horas.





Ya en la estación de París, tenía que encontrar la forma de llegar a España. Había como seis colas de gente, todas enredadas y al borde del pánico. Dos jóvenes despistados se colaron sin querer, pero una señora furiosa no tardó en señalarlo: "Eh, vosotros, ¡vosotros! yo llevo... llevo... ¡LLEVO AQUÍ ESPERANDO MEDIA HORA! ¡PERO Q-Q-QUÉ OS CREÉIS!", y se puso a mover un brazo sin control. Los pobres se apartaron con aire cansado.

El guardia de seguridad caminaba de un lado a otro dando instrucciones: "No, esta es la cola de Bélgica y Alemania; si quiere ir a Londres vaya a esa otra". Inexplicablemente parecía feliz, sonriente. Por fin tenía un poco de acción. Otra señora sensible la tomó con él: "¡¡Necesito ir a Londres!!", gritaba. Pronto se empezó a sofocar y se acabó desmayando. El guardia abrió un círculo para que la mujer tomase aire mientras alguien se acercaba con una botella de agua.

Empujones, gritos. Se oían quejas en cinco idiomas. Una mujer corpulenta de origen africano también necesitaba ir a Londres: "Uf, no voy a contarte mi historia", decía. ¿Su historia? Todos los que estábamos allí teníamos una. Tres españolas estaban a punto de romper a llorar. Una de ellas gritó que no se movería de la ventanilla y que iba a llamar a su papá, que había comprado los billetes por internet. También se creían las únicas con derecho a viajar. Papá se encogería de hombros en España.

Yo oponía serenidad y autocontrol, tranquilidad. Un poco por joder. Avancé de un paso firme a la ventanilla.

Tengo la inmensa suerte de contar con amigos en París; podría estar algunos días esperando un bus. Aprovecharía para revisitar algunos sitios y descubrir otros, bajar temprano a comprar croissants, recorrer "bouquineries" y preparar mi artículo de los suicidios. Todo lentamente, disfrutando.

Pero pude comprar el billete para la mañana siguiente.

Estuve hasta las seis de la tarde recorriendo la ciudad con Pablo, un fugaz compañero de viaje argentino (¡el cuarto compañero de viaje argentino en seis meses! He tenido la oportunidad de desechar el tópico anti-argentino que hay en España: señores y señoras, los que reparten flyers son sólo una minoría; los que yo conozco son enormes conversadores, gente tranquila, amiga del mate y la lectura; algunos hasta son tímidos con las chicas).



Resultaba cómico caminar entre monumentos imperiales reluciendo al sol, cruzar los campos Elíseos o ver Notre Dame en ese estado: falta de sueño y ducha, maleta con ruedas, ordenador, abrigo de invierno... Un coche que pasó deprisa por encima de un charco me cubrió las piernas de agua. Sólo pude reir. Gracias cabrón, al menos el ordenador sigue seco.

Vilna-Madrid: 3.000 kilómetros por tierra, cuatro días, 200 euros.

Ya estoy de vuelta a los documentales de mi viaje asiático, a estar montando mañana y tarde, a terminar cada día con los ojos irritados de cuadrar segundo a segundo. Tengo el mochilismo atravesado en el pecho como una constante tarea pendiente; jamás pensé que montar un documental llevase tantísimo tiempo. Pero queda poco y el alivio que voy a sentir cuando acabe será celestial.

domingo, 25 de abril de 2010

Capítulo XIX: El ataque de Motherfucker (I)

(Escrito el martes 20 de abril de 2010 a las cuatro de la tarde, hora española. Aunque todos estemos hartos de oír hablar del maldito volcán islandés, la naturaleza mochilera de la historia lo merecía).


Alexanderplatz, antiguo Berlín oriental: sol, parques, comida barata, estudiantes rubias entregadas a la primavera... Aquí todo es agradable. Doy vueltas con aire despistado desde hace cinco horas, arrastrando una maleta, el ordenador portátil y bastante cansancio. Llevo dos días metido en trenes para cruzar toda Europa desde Lituania, pero sólo he podido llegar hasta aquí, al lugar que Lenin imaginó como capital mundial del comunismo, el mismo sitio donde Hitler se voló la cabeza y se levantó uno de los muchos muros de la vergüenza.

Hasta ahora viajaba con un australiano de padre escocés y madre indonesia, y una polaca. Ambos afincados en París, hacia donde están viajando en estos momentos por 210 euros cada uno. Demasiado para mí. Puedo pagarlos, sí, pero entre una cosa y la otra me voy a dejar más de cuatrocientos pavos en el viajecito. Así que sigo peleando: voy a probar suerte en un bus que sale a las siete de la tarde hacia París. 75 euros. Allí gorronearé la casa de alguien hasta que pueda volver a Madrid.

Tengo el pelo pegado al cráneo de maldormir apoyado contra la ventana de un tren y no me cambio de ropa desde hace tres días, además casi no me he lavado los dientes porque los baños del tren polaco no tenían agua corriente. Mañana apestaré como el cadáver de un cadáver.

Que ¿por qué estaba en Lituania? Puedo decir orgulloso que por trabajo; luego añado sombrío que sin remuneración, sólo costes pagados. Pero no está mal: cuatro días alojado en un viejo apartamento de Vilna con todos los aires posibles de guerra fría, con un proyecto interesante realizado en equipo con otros cinco periodistas (los dos que mencioné más un alemán, una francesa y un húngaro), todos interesantes y encantadores, dedicando los días a investigar y las noches a salir.
Mi tarea concreta era averiguar por qué Lituania tiene el índice de suicidios más alto del planeta Tierra (con permiso norcoreano, porque de allí no hay datos). Pese a que el tema no puede ser más tétrico, fui feliz reuniendo material, entrevistando a psiquiatras, paseando por viejos paisajes soviéticos de máxima tristeza. El artículo saldrá a la luz dentro de no mucho.



El famoso volcán de Islandia (de nombre "Motherfucker", según James) ha pegado bien fuerte. Nunca nadie habló tanto de un condenado volcán. Vuelo cancelado a última hora, trenes y autobuses llenos... Exploramos todas las opciones posibles: ¿Alquilar un coche Vilna-París? Entre 1.700 y 3.000 euros. Una lituana de cien kilos nos trató como a prisioneros de Gulag: "¡No, no hay tren, punto!". Las dos oficinas de la misma compañía daban horarios y datos diferentes. También negociamos con la camarilla de taxistas rusos que acecha junto a la estación de autobuses. Mínimo 200 euros sólo hasta Varsovia. Se les veía disfrutar con los problemas ajenos.

Así que nos quedamos otra noche clavados en Vilna. Un amigo de un primo de James nos mostró un par de tascas; el chico era tímido como un seminarista novato, con esa expresión fanática en los ojos. Al principio titubeaba al hablar, demasiado educado, casi sin mirarnos a la cara. Varias jarras después le preguntamos:
"Bueno, ¿y qué te decidió a vivir en Vilna?"
"Las putas buenorras".


Nos acostamos a las tres de la mañana y nos levantamos a las siete para ver si podíamos conseguir un billete de tren. El alemán se había ido a Polonia y el húngaro y la francesa seguirán en Lituania hasta el miércoles. Antes de partir, compramos una botella de vodka. No se puede cruzar Europa Oriental en tren sin una botella de vodka. El más entusiasmado con la idea era James. "Me voy a tomar un café doble y un vaso de whiskey, ¡encaja eso, cuerpo!". Sólo comía en los McDonald's. Metía las patatas fritas ahogadas en ketchup dentro de la hamburguesa y devoraba con ansia. Luego, mientras Aleksandra y yo tomábamos el vodka mezclado con refresco de lima, él daba tragos directamente de la botella. Se sentía culpable por llegar con retraso a París, donde tenía muchísimo que hacer: cosas del trabajo, preparar un viaje a Nepal... Entonces castigaba su cuerpo como penitencia.



Tuvimos relativa suerte: sólo pasamos tres horas en Varsovia hasta coger otro tren dirección Berlín. Aleksandra se encargó de todo con una buena dosis de estrés; cuando le preguntábamos algo, respondía indistintamente en polaco, inglés o francés, sin darse cuenta.

Ocho millones de pringados colgados en Europa, pérdidas económicas... En la estación de autobuses de Berlín me dijeron que la única forma de llegar a España era coger un bus el viernes (estamos a martes) desde Frankfurt. Unas treinta horas. Así que me pusieron en lista de espera para el de París dentro de dos horas. Ahora sólo queda esperar a que halla alguna cancelación.

domingo, 10 de enero de 2010

Capítulo XXII: Cuentos Chinos


Sabía que China estaba bajo cero, pero no pude encontrar ni un solo abrigo asequible en Kuala Lumpur. Así que, cuando llegué al aeropuerto de Hangzhou con un pantalón vaquero y una sudadera de cremallera, en plena noche, dispuesto a dormir allí para volar a Pekín a las 7 de la mañana, temí por mi salud: sólo había un pasillo ancho expuesto al frío polar que llegaba de las puertas. De todas formas, el aeropuerto cerraría en media hora (lo averigüé de milagro; ni uno solo de los empleados de la terminal hablaba inglés, ¡ni siquiera en el mostrador de "tourist information"!). Al final, haciendo dibujos en mi libreta, pude pedir un taxi y un hotel (diez euros la noche, regateados).

El edificio estaba en mitad de una estepa nevada y no parecía tener calefacción. Pasé la corta noche envuelto entre la ropa de las dos camas, sin dormir, soltando vaho por una abertura.

China es presa fácil de metáforas ("gigante dormido", "empieza a mover sus músculos") y leyendas urbanas. Pese a que tenía conocimientos que oponer, no podía evitar esa imagen hermética y robotizada, la de "Tienen sus propios bancos" o "Nadie saben dónde entierran los cadáveres". Aquella de "Cerraron el restaurante porque descubrieron que daba carne de rata", o mi favorita: "Encontraron a la chica en la trastienda, maniatada, desnuda y con marcas de rotulador rodeando sus órganos; al lado, dos chinos con mascarillas a punto de empezar". Centenares de millones de personas que "si saltasen a la vez desviarían a la Tierra de su órbita". Luego los artículos de cifras abrumadoras, el pequeño valiente de Tien An Men, las jornadas de ochenta horas semanales con catre en la fábrica, el control de natalidad...

¿Cómo relacionar Mao Zedong-capitalismo-superpoblación-vendedores de cerveza nocturnos?



Ni siquiera quienes se dedican a analizar China lo tienen claro. Me refiero a los corresponsales extranjeros, divididos en dos bandos: pesimistas y optimistas.

Los pesimistas dicen que hay dos Chinas: una urbana, acristalada y llena de fuerza, la China de los negocios y los Juegos Olímpicos, y luego la rural y mayoritaria, lastrada por siglos de atraso, sin infraestructuras ni esperanza, lleno de familias miserables a las que el Partido barre sin piedad cuando le apetece trazar una nueva autopista. Para los pesimistas, China es una dictadura policial sin paliativos, tan viciosa, brutal y corrupta como todas sus parientes, una corporación mafiosa que compró 20 años más de vida matando a 20.000 personas en 1989.



Enfrente tienen a los optimistas, los que hablan del "mayor milagro económico de la historia reciente" y señalan con admiración los edificios altos, los servicios y el alto nivel de empleo. También lamentan la falta de libertades, pero destacan que cada chino puede trabajar, tener un apartamento y vivir sin aprietos. Según ellos, el Partido es una institución eficiente y respetada con un único objetivo: traer la mayor prosperidad económica posible para catapultar el país a primera línea (y luego, tal vez, experimentar la democracia). Al contrario que sus adversarios, los optimistas aseguran que las centrales eléctricas, internet (censurado) y los aeropuertos han llegado a toda China.

Dado el tamaño del país y sus cambios, los dos bandos tienen elementos ilimitados para alimentar sus posturas.



Aún así había puntos en común: todos describían a China como un ejército disciplinado gracias a Confucio y la vigilancia policial. Ahí residía su eficacia, en la verticalidad. Un objetivo, una dirección, un método. Todos en fila recibiendo instrucciones. Incluso decían que los chinos no sabían improvisar. Ejemplo: si llegas a un hotel y la habitación que reservaste, digamos la 205, no está disponible, el recepcionista lo lamentará de verdad y se inclinará servicial, pero no habrá nada que hacer. Cuando estés yéndote afligido a buscar otro hotel, girarás sobre tus talones y dirás: "Un momento... ¿Tienen otra habitación?"; "Sí", dirá el recepcionista. "¿En qué planta desea?".


Pequeños impactos:


Primero (aunque suene frívolo): el frío salvaje. Visitando la Gran Muralla estuve al borde de ser asesinado por el viento, porque aquello no era viento, sino un cuchillo helado intentando degollarme. Saqué los guantes un minuto para tomar una foto y tardé dos horas en recuperar la sensibilidad en las manos. Los pobres vendedores de souvenirs circulaban enjaulados en gruesos abrigos del ejército que llegaban hasta los tobillos, varios guantes y gorros de mutón a la soviética. Lo poco que se les veía de la cara era un bulto rojo y agrietado.

Segundo: jamás he visto en Europa un panorama tan capitalista. No existían los horizontes sin skyline, las tiendas y los restaurantes eran tres veces la escala "normal" y cada parada de metro parecía un aeropuerto. Todo era moderno e impecable (menos el aire), grandioso. En la calle principal estaba la pantalla más grande del mundo y un árbol de navidad como una torre. Bolsas de la compra, última tecnología... (No ponía nada de esto en el Libro Rojo).

Y tercero: esperaba que fuesen distantes y orgullosos como los vietnamitas del norte, pero no (sólo se parecían en lo de escupir constantemente); eran completamente ingenuos y solícitos (cuando preguntabas por una boca de metro no te lo indicaban, ¡dejaban la tienda y te acompañaban diez minutos hasta las escaleras mecánicas!). A muchos les gustaba sacarse fotos con extranjeros, al estilo indonesio. También te saludaban por la calle con nerviosismo como si fueses un actor de cine.



Uno llega creyéndose un avezado regateador condecorado en todos los bazares del Sudeste Asiático, con barba de varios días y krama enrollado al cuello, listo para sacar lo mejor por lo mínimo, y descubre que no todos los chinos trabajan en cadenas de montaje, que también los hay que tienen habilidades sociales y la astucia de un gato hambriento. El mito robótico fue perdiendo pie, pero antes tuvo que pasar algo...

Paseaba por Pekín sin cámara, completamente ajeno a encuadres y sonido, libre. El segundo día fui a la Ciudad Perdida, pero la encontré a punto de cerrar; cuando ya me iba, dos chinas de mi edad me preguntaron de dónde era con buen inglés; ellas también se habían quedado sin entrar. Querían que paseásemos juntos para que les contase cosas de España. ¡Claro! No tenía nada que hacer. Eran estudiantes y venían de una ciudad del sur a Pekín por primera vez. Vacaciones. Estaban alojadas en un hotel con una tercera amiga que se había quedado remoloneando. Cuando ya no podíamos soportar aquel frío atroz, una propuso tomar un té, así que nos metimos en una pequeña tetería donde cabían seis personas. Se estaba calentito y había música tradicional.



Estábamos los tres solos con la encargada, sentados alrededor de una mesa con forma de dragón enroscado. La mujer preparaba cuidadosamente el té, derramaba un poquito sobre la mesa y nos lo servía en vasos de porcelana del tamaño de un chupito. Mientras, nos contaba la historia del té. Las chinas me traducían: "Este té lo mandó traer el emperador noséquién para enamorar a la hija de su general. Viene de las montañas de nosédónde, que según la tradición...", y la encargada sacaba otro té diferente. Después de beber teníamos que taparnos un ojo con el vaso y luego frotarlo por la frente para obtener suerte. Había puesto para acompañar un plato con galletas destrozadas y panchitos rancios. ¿No era un poco raro combinar un delicado té milenario con aquella basura reseca?

Mis nuevas amigas hablaban y hablaban, preguntándome de todo con expresiones risueñas. Una de ellas, la dominante, tenía un problema en los ojos; no los podía fijar en un punto concreto, de modo que sus pupilas se agitaban como insectos atrapados bajo las gafas.

Y seguían los tés, cada uno con una historia diferente, llena de amor, profecías y tragedias inevitables. Qué suerte, pensé. No pude ver la Ciudad Prohibida pero por lo menos estoy pasando una tarde con sabor local. El té estaba rico, pero al séptimo tipo (tomábamos dos chupitos de cada uno) dije basta y propuse pedir la cuenta. La encargada depositó el recibo sobre la mesa: al cambio, 120 euros. "¿¡120 euros¡?", dije alarmado, y las chinas me miraron incrédulas, como diciendo "Pues... sí, claro, ¿qué esperabas?". Pedí la carta, eché las cuentas y me concentré: no había duda, eran 120 euros al cambio. 40 por barba. No es una fortuna, pero ¿había tirado dos días de presupuesto en Asia por beber agua manchada? ¿Nos habían cobrado (y caros) los malditos panchitos? Joder joder joder.

No tenía dinero suficiente, así que las chinas pusieron mi parte y me acompañaron a un cajero. ¡Tuve que sacar pasta! ¡Yo! ¡El regateador de hierro! ¡Mientras ellas esperaban! Fue humillante. Algo se apagó dentro de mí; no quería revelar que me sentía estafado, pero ahora me costaba ser simpático. Les dije que iría a buscar algún lugar con libros en inglés y me llevaron directamente a una librería de tres plantas de la calle Wangfujing. Se despidieron encantadoras.

Estuve el resto de la tarde dándole vueltas: ¿Cómo podía ser que anoche pagase dos euros y pico por un cóctel gigante en una discoteca de lujo y ahora me cobrasen diez veces más por unos sorbos de té? ¿Cómo es que dos sencillas estudiantes chinas pagan 40 euros cada una por tomar un simple té? ¿Por qué conocían aquella librería si nunca habían estado en Pekín? ¿Y por qué valían tanto los panchitos?

Después se lo conté todo a mi amigo, que estaba acostumbrado a la infinita cortesía de los chinos (era uno de los optimistas), y me dijo: "Bueno, puede que hayas probado el mejor té del mundo". "Sí, a lo mejor", respondí. Me quedé con esta idea para consolarme. ¡A mí no me podían timar!



Pasaron dos días y volví a la Ciudad Prohibida, esta vez con tiempo y alerta respecto a los precios. Accedí a fotografiarme con un grupo de chinos, y cuando iba a la cola de los tickets me abordaron otras dos chinas de mi edad, con el mismo texto: venimos de tal ciudad a pasar unos días y queremos practicar inglés. "Ajá", pensé. "¿Practicar inglés, dices? Y conocer mi cultura, ¿no? Venga, vamos a dar un paseo...". Pronto iba a salir de dudas.

Estas eran más guapas y vacilonas. Provenían de una ciudad famosa por su hermoso lago y su vieja universidad, donde ellas estudiaban. También estaban de vacaciones. Al rato, una dio el paso: "Hey, ¿os apetece tomar un té?". "¡Bueno!". Fuimos a la misma calle que la otra vez, pero a una tetería diferente.

Pedí la carta (no la tenían a mano) y vi los precios: carísimo. Ellas eligieron su té; yo opté por un café presuntamente colombiano (tres euros y medio). Pusieron un plato de mandarinas pequeñas. Las chinas no pararon de ofrecerme su té: "¡Venga, pruébalo!", y ponían cara de tristeza. "¿Por qué no te tomas un vasito? Es el té tradicional de nuestra región, ¡la hospitalidad china se basa en compartir el té!". La teoría conspirativa ganaba peso. Luego caí en la tentación de agarrar una mandarina.

Eran buenas conversadoras: me preguntaron por Almodóvar y por Javier Bardem, y si me había gustado "Vicky Cristina Barcelona". Seguro que no era el primer español que caía en sus manos.



Llegó la cuenta: 80 euros. Y luego vendréis a recoger vuestra parte del botín, ¿no? ¡Ja! ¡Pues yo sólo tomé mi café! (asqueroso, por cierto). "Pero has comido mandarinas...", me dijo la más guapa con un toque de decepción. Me miraron unos segundos en silencio. Presión emocional. Al final aporté diez euros al cambio, ni uno más. Aún así quedé contento: había descubierto un pequeño tinglado montado con suma finura. Yo llevaba tres meses de mentalidad ratonil, pero ¿y un turista que viene una semana a China? Seguro que piensa: "Bueno, ya que estamos..." y ¡plas, ochenta, cien euros! ¿Y qué iba a hacer luego? ¿Quejarse a la policía? Tampoco era una fortuna y el menú, aunque escondido, decía la verdad.

Vale, ningún turista se muere por ese dinero. No hablamos de una red mafiosa ni de conexiones internacionales, pero ahí está la gracia: todo era limpio y discreto, en poca cantidad, lo justo para que muchos se vayan alegres por una experiencia local que poder contar en su país. Mientras, dos estudiantes pasan la mañana y ganan para alimentarse un mes. Lo bonito es cómo van hilando su coartada: la amiga en el hotel, la ciudad del hermoso lago, los cursos de inglés... Y el ritual de frotarse por la cara el vasito de porcelana, el emperador enamorado y todo.

No está mal para no saber improvisar.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Capítulo XVIII: Piratas malayos

     (Sí, las Torres Petronas).


Tenía que llegar, la despedida. Siempre intento evitarlas (como dicen que hacen los franceses): mejor una palmadita en la espalda y un "nos vemos" que andar alargando y alargando hasta que todo se hace pomposo y alguien empieza a llorar. En realidad el viaje sigue en Beijing, desde donde no podré publicar porque la tiranía china no permite los dominios "blogspot", no vaya a ser que a sus súbditos les dé por expresarse o contrastar ideas. Allí completaré tres meses en Asia.

Me apetece continuar, pero la cámara de vídeo (con sus baterías, sus cables, el cargador y el creciente número de cintas) pesa cada día más y tampoco es cuestión de apretar las finanzas, que me tienen que dar para nuevos proyectos. Si me quedase por aquí, buscaría un lugar tranquilo (¿Sumatra? ¿sur de Laos?) donde leer y ver crecer la hierba durante dos o tres semanas para reponer las pilas y seguir caminando; le dedicaría su tiempo a Indonesia, recorrería Malasia, a lo mejor Myanmar, y daría el salto a las Filipinas. También volvería por Bangkok o Saigón para cultivar las amistades locales y quizás aprender otro idioma, Muay Thay, cocina o algo así. Cuanto más alargas la estancia, menos gastas por día (si vives con una familia local o te alquilas una habitación y comes como ellos, puedes tirar con siete euros diarios sin pasar ninguna necesidad).

Reflexión 1, para el extranjero:

Es verdad que las zonas más importantes se han vuelto muy turísticas, pero eso no impide que puedas empaparte a placer de la cultura local; siempre se puede coger una hora la moto y llegar a lugares donde puede que nunca hayan visto un occidental. Todo el mundo destaca la infinita variedad de opciones: si buscas perderte durante días por templos milenarios, practicar deportes de riesgo, descubrir tribus en montañas escarpadas, matarte a fiestas salvajes de veinticuatro horas, consumir drogas, recluirte en un monasterio, conocer gente o simplemente hacerte un viaje organizado, el sudeste asiático es el sitio.



Reflexión 2. Percepción de la realidad:

La vida cotidiana en estos países es más o menos esta (grosso modo, claro): levantarse a las seis y acostarse a las diez u once; tener muchos hijos; hablar mucho con amigos y vecinos de toda la vida y entregarse al sueño inevitable entre la una y las tres de la tarde; trabajar unas sesenta horas semanales para ganar sesenta euros al mes con los que pagar quince euros por la vivienda, la electricidad y el agua, veinte céntimos diarios para el kilo de arroz con el que se alimenta una familia, gastos colaterales y cuestiones de educación y salud, que son lo que más esfuerzo requiere (la prostitución es una lacra general, y aunque la alfabetización ya es casi completa, muchos niños tienen que trabajar; todo apunta a que las mujeres como los auténticos motores de la economía).

(Estibadores en Sunda Kelapa, puerto de Yakarta).
Son pobres aunque no paupérrimos (en general; está la mendicidad de Camboya, la dura vida en el campo, los arrabales de las grandes ciudades...), pero por alguna razón (¿budismo + buen tiempo + arroz?) la escasez no genera violencia. Me reitero: He pasado días enteros metido en trenes y autobuses asfixiantes donde nadie hablaba inglés y yo era el único blanco, he dormido en parques, en los hoteluchos más baratos (jamás pagué más de cuatro o cinco euros salvo dos excepciones) y me he perdido por lugares remotos, pero repito que no me he sentido amenazado por nada ni nadie en ningún momento (conocí a una chica a la que le hurtaron el bolso en un bar, y a un par de ingleses que fueron agredidos por malayos borrachos en una discoteca; es todo). No sólo no hay hostilidad sino que a los locales (salvo algunos norvietnamitas) les encanta intercambiar pareceres con los extranjeros (las tascas a pie de calle son el lugar perfecto).
Reflexión 3. El azar ("la música del azar", como la novela de Paul Auster).

Normalmente cada uno tiene una rutina que respetar, y cuando queremos montar un plan hay que seleccionar momentos muy concretos que se escapen de esa rutina. Esto crea una vida previsible, blindada: mismo horario, mismos escenarios, misma gente... A veces conoces personas nuevas, pero hay que abonar el terreno lentamente para incluirlas en tu vida.

La dinámica de viajar rompe con eso: puedes entablar conversación en lugares tan insospechados como un puesto de noodles, un paso de zebra, un tren o un locutorio. En Madrid no se te ocurriría dirigirte a alguien porque sí, tiene que haber un motivo concreto (pedir la hora, por ejemplo). Aquí da un poco igual, porque sabes que el otro mochilero también está a quince mil kilómetros de su casa para acumular anécdotas que contar a la vuelta, y eso modifica tu viaje a cada paso: que acabes bebiendo cerveza con un grupo de holandeses locos, leyendo en el hotel o ligando depende del autobús que cojas por la mañana (ayer mismo compartí habitación con un indio que se había pateado Uzbekistán, Kirguizistán, Tayikistán y el norte de Afganistán, donde había convivido con los ismailitas, un pueblo pacífico dirigido por un tipo muy carismático llamado Ata Khan, creo recordar).

(Rezo del viernes en la Mezquita Istiqlal, Yakarta).

Una vuelta de tuerca más: cuando pasas con alguien una semana espectacular en Vietnam o Camboya y sabes que posiblemente no vas a volverle a ver en tu vida, la amistad avanza todos los pasos de golpe (hay personas de las que sé hasta las infidelidades de sus padres). Es como en las películas bélicas, cuando hay dos soldados cubiertos de barro en una trinchera hablando de sus traumas y sueños personales (entonces uno saca una foto de su novia Sally con la que va a comprar una rancho en Connecticut, y justo después lo matan).

Por eso muchos dicen que su viaje es la gente que conocen, o que viajar solo es la mejor forma de no estar solo.

(Esto ya se parece a una despedida sentimental).
Es como un adiós, pero no: mantendré el blog abierto por si en enero me apetece seguir publicando cosas sobre mi viaje sin un asiático fumando o viendo porno en el ordenador de al lado. Sabed que la aventura volverá como una serie de documentales. Os bombardearé cuando llegue el momento.


Muchas gracias por leerme y en 2010 no dejéis de venir al lugar donde se escondían los piratas.


Kuala Lumpur, Malasia.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Capítulo XVII: Muerte en Bali


Una vez vi la foto de una especie de toro-dragón de cartón transportado por decenas de asiáticos en un lugar desconocido. Debajo creo que ponía algo de un funeral y de Indonesia. Era una foto colorida y llena de movimiento, dinámica. Muchos meses después, camino por Ubud junto a un ciudadano local que me promete un hotel barato, céntrico y confortable (no mentía). Además me dice que mañana hay un funeral, y al doblar una esquina veo un muñeco estilo las Fallas montado sobre una base de bambú. Parece le mezcla de un toro y un dragón. "Tomorrow, tomorrow".

Efectivamente: es por la mañana, brilla el sol y cientos de balineses visten un sarong sobre las piernas y una cinta en la cabeza; se preparan para despedir al anciano de la foto que pende del muñeco. Pese a tratarse de la muerte, todo Ubud participa de inmensos preparativos alzando la voz y riéndose por las calles; las mujeres reparten sarongs (obligatorios para ver la ceremonia) y los niños se sientan a esperar. Hay también una pagoda falsa de unos cuatro metros, lista para ser transportada tras el toro-dragón.

Los jóvenes agarran los muñecos por su base de bambú y una enorme orquesta toca todo tipo de tambores, bailando y girando sobre sí misma y alrededor de los títeres. Las familias se asoman a las ventanas; los niños y los turistas observan boquiabiertos. Varios hombres con mangueras riegan sin piedad a la multitud eufórica que avanza por las calles hacia el cementerio, situado en una pequeña colina.

Allí llegamos, los muñecos se dejan entre varias tumbas y tres hombres maduros con visible autoridad sierran el lomo del toro-dragón y meten el cadáver en el interior; luego lo cubren de complicadas ofrendas hechas con flores, galletas, dinero y arroz, lo rocían todo con agua (bendita, imagino), luego con gasolina, toman medidas de precaución y le plantan fuego. El cuerpo del anciano arde ante la muchedumbre que se pasea de un lado a otro con curiosidad. Hay agua gratis para los asistentes. El conjunto se parece más a los carnavales de Cádiz que a un funeral cristiano.


Se supone que la cremación libera el alma de su envase muerto posibilitando la reencarnación (probablemente en otro miembro de la misma familia); es la forma de celebrar el ciclo de la vida. Sin duda era un hombre importante, de una casta prominente (cuando muere algún miembro de la familia real balinesa se queman muñecos gigantescos).

¿Y por qué pasa esto en Bali y no en Java o Sumatra? Porque Bali es el lugar donde hace medio milenio se refugiaron los restos del imperio Majapahit, víctima de querellas internas y arrinconado por la expansión islámica. Es el enclave hindú de Indonesia (readaptado, sincrético, particular), "la isla de los dioses", un sitio repleto de tradiciones, templos, arte... Y cada vez más turistas. Ubud se mantiene más o menos, y el norte de la isla sigue tranquilo, pero desde el sur llegan riadas de australianos e ingleses sedientos de olas y cerveza barata. Kuta, por ejemplo, ha sido conquistada por las tiendas de surf, los tatuajes y las agencias de viajes. No puedes dar un paso sin que te ofrezcan de todo y, por la noche, los gritos alcoholizadas reverberan por la ciudad, comercial, apretada, colonizada.

Pero no pasa nada: Indonesia consta de diecisiete mil islas donde viven doscientos cincuenta y cinco millones de personas que practican varias religiones y hablan unas seiscientas lenguas. ¿Alguien da más?

lunes, 7 de diciembre de 2009

Capítulo XVI: Caminando por la Luna


Bromo, Java Oriental. Tres de la Mañana. Varios golpes en la puerta terminan con un sueño profundo, el primero en dos meses sin el zumbido de un ventilador. Salgo al aire libre con los únicos pantalones largos que me quedan y la única sudadera, y llevo el krama enrollado al cuello como una bufanda para amortiguar el frío. Coronar el volcán exige atravesar un desierto de ceniza durante una hora, el tiempo justo para ver amanecer sobre el cráter.

Bajo la montaña por un sendero escarpado, sólo iluminado por el resplandor azul de la Luna. Todo a mi alrededor es silencio, oscuridad y siluetas de árboles inmóviles. De vez en cuando pasa algún Jeep cargado de turistas hacia el mirador de un montaña lejana; les han dicho que desde allí está mucho mejor. No lo sé, pero caminar por un desierto en noche cerrada tiene su punto.

Descenso concluido, encuentro una enorme extensión de dunas azules sin ninguna indicación. Son las cuatro de la mañana, y el volcán está tranquilo en el horizonte, humeando como un fumador pensativo; la luna casi llena sigue brillando en el cielo, encima de una montaña cortada por la mitad. Dunas y más dunas grises, y de vez en cuando maleza y ráfagas de viento que levantan torbellinos de ceniza. Cierro un poco los ojos y me alzo el krama por encima de la nariz hasta parecer el bandido de una peli de vaqueros. Me siento como un astronauta saltando entre socavones y marcas de meteorito. Me alegra estar completamente solo.

Veo que una parte del cielo ya está empezando a clarear, así que me doy prisa. Cinco menos cuarto. De pronto me encuentro un caballo solitario atado a una columna de piedra. ¿Cómo puede estar solo aquí, a estas horas? Me fijo bien y tiene a sus pies una especie de mochila. La mochila dice "¿Guide?"; me acerco y veo que de la pelota de ropa sobresale una nariz. "Tidak, terima kasih". Cinco de la mañana, unos cinco grados. Gente dura.

Alcanzo la falda del volcán, fatigado de arrastrar tanta ceniza con los pies. La mitad del cielo está bastante más clara que la otra mitad, y comienzo a subir la larguísima escalinata de piedra que conduce al objetivo. Noto por primera vez el olor a huevo podrido que desprenden los volcanes activos; el azufre, imagino. La columna de humo, la soledad, la piedra, el amanecer... Todo tiene un aire mitológico, como si de repente fuese a encontrar un coloso encadenado para la eternidad en el interior del volcán.

(En la foto: Las escaleras vistas desde el borde del cráter; el que sube es un vendedor que no paraba de toser).


Por fin llego al borde del cráter y tengo el placer de contemplar la fuente del humo, el primer volcán activo que veo en mi vida. Es enorme, amplísimo y rugoso; sabes que tiene potencial, que un siglo de estos puede pegar un petardazo como su primo el Krakatoa y matar a miles de personas con lava, Tsunamis y terremotos. Es sereno pero peligroso; tiene carisma de volcán.

Sólo hay cuatro personas, todas protegiéndose la cara del polvo y el hedor, pero contentas, fotografiando y señalando con el dedo los puntos que empieza a destacar el sol. Me voy a dar la vuelta al cráter antes de que comience a llegar la gente. El sendero es estrecho y muy irregular, a veces picudo, adecuado para enviarte directamente a la muerte tanto de un lado como de otro. Durante el paseo diviso otro enorme cráter circular relleno de ceniza que parece húmeda, pastosa; todas sus paredes están secas salvo una, cubierta de arbustos verdes. El sol resalta los contrastes; la vista es impresionante.

Cuando vuelvo al punto de la escalinata, ya hay un par de docenas de turistas con cámaras y gafas de sol. Los Jeeps llegan poco a poco al pie del volcán, junto a un ejército de guías, caballos y vendedores ambulantes. Siete de la mañana; a desayunar.